Miro a ese pequeño, blanco y negro perro mestizo corriendo tras el palo que
acabo de lanzar tras él, atrapándolo y trayéndole consigo hacia mí saltando alegremente
como un cervatillo, como un niño que
acaba de encontrar una moneda en el suelo. Le parece una fortuna, es el mayor
regalo que nadie le puede hacer en la vida; lanzarle un palo. Parece que
sonríe, rebuzna felicidad, sus ojos llenos de vivacidad, brillan a la luz de
los rayos del sol que se escurren entre la maleza de la madreselva, iluminando
nuestro pequeña zona de juegos. Deja su tan preciado tesoro frente de mi para
que vuelva a lanzarlo, y ladra porque yo me obstino y quiero hacerle esperar.
Aguarda, con el culo en pompa, fijando su atenta e infantil mirada en mis
manos, que se dirigen lentamente a su palo, y, cuanto más me aproximo, más se
acerca él, tratando de quitármelo, jugando conmigo, como si se tratara de un
juego que ya hubiese aprendido.
Y, con un movimiento sutil y fugaz de mi brazo, consigo coger el palo antes
que él, provocando su rebuzno y su excitación, sus ladridos, que me piden que
vuelva a enlazar su juego, y le sigo, y le lanzo el palo, y él se vuelve tras
él, y corre y lo atrapa, y es feliz y yo lo soy también.