viernes, 9 de enero de 2015

El perro y el palo

Miro a ese pequeño, blanco y negro perro mestizo corriendo tras el palo que acabo de lanzar tras él, atrapándolo y trayéndole consigo hacia mí saltando alegremente como un cervatillo,  como un niño que acaba de encontrar una moneda en el suelo. Le parece una fortuna, es el mayor regalo que nadie le puede hacer en la vida; lanzarle un palo. Parece que sonríe, rebuzna felicidad, sus ojos llenos de vivacidad, brillan a la luz de los rayos del sol que se escurren entre la maleza de la madreselva, iluminando nuestro pequeña zona de juegos. Deja su tan preciado tesoro frente de mi para que vuelva a lanzarlo, y ladra porque yo me obstino y quiero hacerle esperar. Aguarda, con el culo en pompa, fijando su atenta e infantil mirada en mis manos, que se dirigen lentamente a su palo, y, cuanto más me aproximo, más se acerca él, tratando de quitármelo, jugando conmigo, como si se tratara de un juego que ya hubiese aprendido.


Y, con un movimiento sutil y fugaz de mi brazo, consigo coger el palo antes que él, provocando su rebuzno y su excitación, sus ladridos, que me piden que vuelva a enlazar su juego, y le sigo, y le lanzo el palo, y él se vuelve tras él, y corre y lo atrapa, y es feliz y yo lo soy también.

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